Dicen que la cárcel es el infierno. Dicen que en la cárcel no hay reglas. Dicen que en la cárcel tu vida no vale nada. Y quienes lo dicen se creen muy duros, pero por duros que crean que son, no han estado en Praesidio, la cárcel de Corregidor: una caja hermética flotando en el espacio, llena de los peores criminales que pueda haber en toda la Esfera Humana, escoria que a nadie le importa lo más mínimo. Un lugar de auténtica pesadilla que nunca querrás visitar. Lo único peor que Praesidio es Praesidio durante un motín. Eso sí que es el auténtico infierno desatado. Ahí sí que no hay reglas. Ahí sí que tu vida o la de cualquiera no vale absolutamente nada. Porque
cuando los reclusos se rebelan no hay negociación posible.
El odio, la furia y el hastío los ciegan e impulsan con un fervor irrefrenable, emprendiéndola a golpes con todo y contra todos, empeñados en causar el mayor daño posible. Sin miedo a las consecuencias, sin que les importe si viven o mueren, lanzados a una carrera de destrucción tan vandálica como suicida, porque dañar las infraestructuras en una nave es un suicidio. Pero ya nada les importa mientras todos los demás sufran como han sufrido ellos.
Durante un motín, los reclusos se convierten en una marea de devastación imparable que puede acabar con la nodriza entera. Así que necesitas a alguien capaz de controlarla. Alguien capaz que entrar en ese infierno y someterlo antes que esa ola de violencia y destrucción se extienda al resto de la nave. Y Corregidor tiene a ese alguien, un alguien a la altura de la situación. Probablemente, la unidad más antigua de toda la nodriza, de aquellos tiempos en que sólo era una nave prisión y no un estado independiente. Los malos viejos tiempos.
Los tiempos en que todo era más frágil y la nave estaba a punto de colapsar un día sí y el siguiente también. En ese tiempo el Grupo Correccional de Respuesta (GCR) se ganó a pulso el nombre con el que todos los conocen. Un nombre que le pusieron los propios reclusos, un nombre que se susurra con respeto y odio en cada bloque carcelario de Praesidio, y se grita con miedo cuando se avisa de su llegada: los Lobos.
Un nombre más que merecido tanto por su ferocidad como por lo que representa: el depredador hambriento e implacable que caza en manada. Se dice que el nombre se lo puso Vicente Romero, el líder del cártel hondureño “Los Zapes” cuando amenazó a sus rivales en el comedor del Bloque C con organizar un motín sólo para poder “arrojarlos a todos a los lobos”, refiriéndose al Grupo Correccional de Respuesta, que ya era bien conocido por patear y disparar primero y dejar que otros pregunten después. El nombre cuajó entre los reclusos, en parte porque el capo Romero era un auténtico influencer en el Bloque C gracias a sus matones y allí nadie le llevaba la contraria, y también porque definía perfectamente lo que opinaban todos ellos sobre los miembros de esta unidad.

El Grupo Correccional de Respuesta se creó para resolver aquellas situaciones críticas que el destacamento de Alguaciles al cargo de la seguridad de la prisión no pudiera manejar. Cuando hay un motín o una rebelión es cuando entra esta unidad para restaurar el orden y poner fin al conflicto. La forma en la que lo hacen es lo que los distingue de cualquier fuerza convencional. Esta unidad está compuesta íntegramente por tíos duros que sólo hablan el lenguaje de la violencia y que son aficionados a golpear a la gente y a romper huesos. La brutalidad es el idioma universal de la cárcel y ellos lo hablan con gran entusiasmo y mayor contundencia, de un modo que todos los reclusos entienden y temen. No es la primera vez que la mera aparición de los Lobos ha sido suficiente para acabar con un motín en todo un bloque de celdas. No hay preso que no conozca su reputación, que no sepa que todos los Lobos son fervientes devotos de la Santa Muerte y que tienen autonomía y libertad de actuación total en caso de motín. En alguna ocasión se ha llegado a criticar la violencia extrema de sus intervenciones, pero como la alcaide Consuelo Pena declaró en su momento:
“Para proteger a las ovejas tienes que dar caza al lobo, y a veces hace falta un lobo para atrapar a otro lobo”.
Desde entonces, el Grupo Correccional de Respuesta ha adoptado el sobrenombre de Lobos y lo ha integrado como parte de su propia idiosincrasia como unidad. Además de los rituales propios de la devoción de sus miembros a la Santa Muerte, los Lobos entienden su unidad no como un equipo, sino como una manada. “La fuerza del lobo es la manada”, repiten siempre. Cuando la misión requiere meterse en un lugar repleto de criminales ansiosos por acabar con tu vida, la confianza entre ellos, la cohesión y el trabajo en equipo son elementos fundamentales para sobrevivir y tener éxito en la misión.
Y terminan la frase con “La fuerza de la manada es el lobo”, para indicar que cada uno de ellos debe estar siempre preparado y a tope pues es un elemento fundamental en el equipo y un apoyo para sus compañeros. Para poder cumplir con este adagio, y estar siempre al máximo –que en esta unidad es el nivel estándar de requerimiento operativo– la clave es un entrenamiento tan intenso como constante, además de efectuar despliegues y entrar en acción con frecuencia para mantener bien afilado el instinto de combate.

Por tal motivo, los distintos destacamentos de Lobos se reparten en turnos de trabajo rotatorios: uno de guardia y dispuesto para despliegue inmediato, otro en sesión de entrenamiento conjunta, y los restantes desplegados junto con otras unidades del Mando Jurisdiccional de Corregidor para mantener ese instinto siempre afilado, ejerciendo como controladores sobre el terreno de fuerzas penitenciarias en operaciones de Acción Directa.
Y es que un equipo de élite como el Grupo Correccional de Respuesta no puede limitarse a tareas de seguridad penitenciaria, los recursos e inversión que requiere este tipo de unidad, además de todo el talento que acumula, han de aprovecharse más allá de sus deberes específicos. Es por esta razón que, en la actualidad, los Lobos son ya conocidos por todas la agencias del orden y fuerzas militares de la Esfera Humana como “esos tipos violentos que le rezan a la Santa Muerte y llaman ‘multiplicadoras’ a sus porras y electrosticks por la sencilla y brutal razón de que con ellas multiplican tu número de huesos al rompértelos”.
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