“De mujer objeto a mujer objeto contundente”. Lema de las Cheerkillers de Tunguska.

Uno de los eslóganes promocionales del Stadion Tunguska dice que, sin sus cheerleaders, Aristeia! sería sólo un juego porque el auténtico espectáculo lo ponen ellas. Los equipos de cheerleaders femeninos y masculinos de este estadio son de los mejores de toda la Esfera y el nivel de competitividad para formar parte de ellos es brutal. Pero, una vez dentro, el lazo de hermandad que se forja entre los miembros de cada grupo es irrompible, porque, sin un auténtico trabajo en equipo y una coordinación perfecta, el show no podría funcionar. Y el show que montan las cheerleaders del Stadion Tunguska es un auténtico espectáculo que puede hacerte olvidar el partido de Aristeia! que estabas viendo. No por nada otro de los eslóganes de este estadio es: “En el Stadion Tunguska no hay medio tiempo”, porque nadie quiere levantarse del asiento cuando sus equipos de cheerleaders saltan al HexaDome. A la perfección física exigida para ingresar hay que sumar las mejoras e implantes de los Laboratorios Negros de Bakunin que sólo el dinero de Tunguska puede pagar y que los ponen por encima de cualquiera en su misma liga, elevando el listón del espectáculo a un nivel sobrehumano. Estas chicas y chicos tienen auténticas legiones de fans y de seguidores que aspiran a ser como ellas.
Lo que pocas personas saben es que no hubo mayor fan que Anatoly Lavochkin, el antiguo propietario del estadio e importante miembro de la Struktura. Según parece, fue su admiración desmedida la culpable del cambio en la cúpula directiva de la organización Lavochkin. Cuando su esposa, Ksenia Igorevna, se enteró de que estaba usando al equipo femenino de cheerleaders como su harén personal, se lo tomó también de manera personal y le descerrajó un tiro en la entrepierna a su marido. Quince minutos después, cuando consideró que ya había sufrido lo suficiente, le metió otro en la cabeza, a la altura de la Petaca, mientras sus guardaespaldas eliminaban a todos aquéllos que pudieran continuar siendo leales a su fallecido marido. A continuación, Ksenia Igorevna convocó una reunión de consejeros de la organización para anunciar el relevo de facto en la cúpula directiva. Así, su primera decisión como cabeza de la familia Lavochkin fue despedir al equipo femenino de cheerleaders y asegurarse de que nadie las quisiera contratar jamás.
De este modo, de la noche a la mañana, esas chicas se encontraron en la calle, sin blanca y sin futuro, o al menos sin un futuro agradable. Fuera de la Nación Nómada pocos equipos serían los que querrían contratar cheerleaders repletas de implantes ilegales, y en la Nación Nómada todos sabían que contratarlas era meterse en el punto de mira de los Lavochkin, lo cual era, evidentemente, una mala idea. Pero había algunos que sí estaban interesados en ellas, como el Grupo Kotelnikov: una pequeña organización que había prosperado en la trata de blancas, y tenía compradores que estaban dispuestos a pagar un buen dinero por poder disfrutar de lo mismo que había disfrutado el fallecido Anatoly Lavochkin. Comenzaron raptando a un par de ellas, pero no tuvieron en cuenta el esprit de corps de las cheerleaders, y su “una para todas y todas para una”. Tampoco tuvieron en cuenta las soberbias cualidades físicas de estas chicas, ni que algunas de ellas venían de los barrios bajos de Tunguska y que, al fin y al cabo, todas habían formado parte de una organización mafiosa, y tenían tatuajes que lo demostraban. Así que entraron en tromba en el cuartel general de los desprevenidos Kotelnikov, situado en el barangay Lyulka, y allí mismo acabaron con todos ellos. Una vez se apagaron los lamentos de los moribundos Kotelnikov, las chicas se encontraron rodeadas de cadáveres en un edificio repleto de armas y dinero negro, y con un futuro que se abría ante ellas. Así que se apropiaron del negocio de protección de los Kotelnikov en Lyulka y se aseguraron de que ninguna red de tráfico de personas pudiera actuar en su barangay. Para demostrar el cambio, adoptaron una actitud ferozmente agresiva y patearon a la competencia fuera de lo que ya era su barangay. Este cambio fue bienvenido por los habitantes de Lyulka que las jalearon como sus ángeles de la guarda.

Pero en Tunguska no hay historias con final feliz. Sus acciones alteraban el delicado equilibrio del submundo criminal de Tunguska y resultaban tan delictivas como cualquier otra, por lo que se convirtieron en objetivo de Dragnet, que puso al Equipo de Seguridad Grenz tras ellas. Expertos en resoluciones discretas, el informe previo al golpe de gracia elaborado por estos operativos llegó a la bandeja de entrada del comlog de Nikolai Steranko, el director de Dragnet. Con el ojo veterano de un experto maestro de espías, Steranko supo reconocer el potencial de ese grupo de chicas, además de oír los lloros de los científicos de los Laboratorios Negros que lamentaban la pérdida de tan buen trabajo como se había hecho con ellas. Así que los Grenz les ofrecieron un trato a punta de pistola: continuar con su tinglado, pero con un perfil más bajo y sin molestar a los mayores, y a cambio, colaborar con Dragnet en aquellas operaciones en las que fuera necesarias capacidades tan especiales como espectaculares. A regañadientes, las Cheerkillers aceptaron, al fin y al cabo, como ellas dicen: “Sabes que eres una Cheerkiller cuando tienes que patear, gritar y sudar por todo lo que quieras conseguir”. Y ellas están dispuestas a hacer cualquier cosa por mantener su independencia y no ser las chicas de nadie, porque el viejo lema del equipo sigue grabado a fuego en ellas: “Vuela alto. Hazlo o muere. Atrévete y triunfa. ¡Acción extrema siempre!”.
Disponible el próximo 29 de enero.







